Desde que llegó al Real Madrid, Bale es un futbolista atado a un precio. Es imposible salir indemne de una cotización que, en su día, rompió un record para convertir a Bale en el hombre de los 100 millones de euros. La fuerza del mercado pone ese tipo de etiquetas. Entró en el profesionalismo como lateral izquierdo con una potencia de zancada que hacían parecer cortos los cien metros de largo del campo. Sus carreras terminaban con centros medidos o con tiros violentos y precisos. El conjunto era deslumbrante. Su prestigio empezó a crecer y, como en el fútbol actual las leyes económicas no siempre son coherentes con el criterio futbolístico, adelantó su posición hasta convertirse en centrocampista primero y delantero después. Acercarse a la portería contraria favoreció su relación con el gol, pero no con el juego.

Su reconversión como centrocampista dejó al descubierto su desconocimiento estratégico del fútbol. Ya en el Real Madrid, se plantó como delantero, al fin y al cabo una posición en la que el instinto pesa más que el conocimiento del juego. Su potencia de carrera, su calidad de pegada y su juego aéreo, eran recursos suficientes como para definirlo como una gran figura. Las condiciones de Bale justificaron las expectativas, pero su rendimiento no logró llenarlas salvo en partidos aislados o en tramos cortos de alguna temporada. Solo su precio lo equiparaba a Cristiano, en todo lo demás el portugués se lo comía. No es opinable, las estadísticas no permiten ni empezar una discusión. Por razones de estatus, el mismo Ronaldo se quedó con la banda que a Bale más le convenía: la izquierda. Desde el sector contrario hacía pesar las diagonales con su fantástica capacidad de tiro, pero los desbordes terminaban con centros no siempre precisos. Marcó goles, algunos de ellos importantes, que le ayudaron a defender el precio, sin embargo nunca se caracterizó por un alto número de intervenciones ni por su inteligencia para los desmarques ni por el descomunal nivel de eficacia de Cristiano o Messi. Nadie se acerca a estos dos monstruos, pero hay que recordar que Bale en el Madrid, como Neymar en el Barça, llegaron como aspirantes a la sucesión de los dos grandes fenómenos del fútbol actual. Las continuas lesiones también le condicionaron. Es muy difícil exigir un rendimiento continuo, cuando un jugador sufre interrupciones que le obligan a empezar de nuevo una y otra vez.

Lo cierto es que llegó un momento en que Bale dejó de competir con Ronaldo por un lugar en la cumbre, para pasar a competir con Isco o Asensio por un puesto en el equipo. No, quizás, para Zidane y para el “club”, pero si para la opinión pública. El 4–4–2 se muestra mucho más estable que el 4–3–3 al que obliga la célebre BBC. Para el imaginario colectivo, Bale pasó de solución a problema. Basta con que su producción goleadora disminuya para que entre en discusión su juego, que nunca acabó de llenar. Del mismo modo que no le sobra carisma personal (aunque no tengo dudas de que se trata de una excelente persona), a su fútbol le falta expresividad, malicia, esa capacidad para el desequilibrio que depende más del engaño que de la potencia. Al fútbol de Bale, digámoslo ya, le conviene el ritmo endiablado de la Premier más que el juego técnico y astuto que define a la Liga.

Hay un capítulo del que tenemos que hablar para analizar a una figura de esta envergadura porque ayuda a explicar su falta de progresión. Se trata de sus dificultades para decir tres palabras seguidas en castellano. El fútbol, como todo juego de equipo, requiere de complicidades y Bale, después de cinco años en España, aún parece una isla. Esas dificultades de adaptación son un clásico en los futbolistas británicos, pero pocos han tenido el respaldo institucional y futbolístico de Bale. Lo que no logró socialmente tampoco lo logró futbolísticamente, ya que hablamos de cuestiones estrechamente relacionadas. La adaptación social va de la mano de la futbolística.

Llegados a este punto hay que decir que un jugador de la categoría de Bale no molestaría a la plantilla de ningún equipo del mundo. Al contrario, la fortalecería. Es un gran jugador. Pero como el fútbol está lleno de paradojas, nos encontramos con que en el Madrid, que es el club al que pertenece, su presencia no deja asomar a talentos superiores que piden cancha libre, que son muy jóvenes y que corren el riesgo de detener su ascenso a la condición de cracks: Isco y Asensio. Esta doble amenaza para el galés no existía a su llegada al club, pero a veces el fútbol se pone creativo y nos sorprende con talentos inesperados que irrumpen con una fuerza hercúlea aunque tengan pinta de no matar una mosca. El problema consiste en que es inimaginable que Bale ocupe un sitio en el banquillo por el tamaño de su nombre; al tiempo que es imperdonable relegar a Isco y Asensio a papeles secundarios por una simple cuestión de meritocracia. A día de hoy las cosas son así. Y el fútbol, como el pan, es del día. Sobre todo en estos tiempos donde el sentido de la inmediatez consagra y aniquila jugadores a una tremenda velocidad.

¿Cuánto vale Bale? En la locura del mercado actual su cotización no estaría lejos de los 150 millones. La otra pregunta que hay que hacerse es cuánto subiría la cotización de Isco y Asensio si disfrutaran de los minutos que se merecen. En todo caso, para el Madrid, estos chicos no tienen precio. El Madrid no necesita dinero, sino jugadores que ilusionen y en este momento, en el mercado de la ilusión, valen más Isco o Asensio, que Bale. Diga lo que diga el otro mercado.